viernes, 18 de marzo de 2011

Maduros de la antigua Roma

A través de libros de historia y de películas hemos podido tener una visión más o menos precisa de las funciones que cumplían los esclavos en la época romana. Su cosificación y disponibilidad, incluso para satisfacer las apetencias sexuales de sus amos, se ha documentado ampliamente, no sólo en relación con las esclavas, sino también con jóvenes varones. En los mercados eran exhibidos y valorados de acuerdo con los gustos de los compradores, a los que habían de someterse carentes de cualquier autonomía personal. Pero sobre ello me asalta una cuestión. ¿Qué ocurriría cuando el apetito sexual de los dueños se proyectara hacia hombres maduros y corpulentos, más allá de su aptitud para trabajos duros o la lucha? ¿Qué efecto producirían individuos gruesos y velludos presentados desnudos para su venta?
Cayo Flavio, un patricio de edad mediana y algo entrado en carnes, paseaba un día por el mercado de esclavos. Había una gran animación, ya que acababa de llegar una remesa de galos como botín de la derrota sufrida a manos de las legiones. Suscitaba la mayor expectación la zona en que se ofertaban las mujeres, examinadas y palpadas en su desnudez. No le interesaron y se trasladó donde se pujaba, también con mucha concurrencia, por guerreros jóvenes y fuertes. Pero lo que más llamó su atención fue que, casi en un rincón y ligados entre sí por una cadena, se hallaban dos hombres bastante maduros, en comparación con el resto, y de complexión gruesa. Sólo cubiertos por taparrabos de cuero y sentados sobre una piedra, mostraban unas piernas robustas y unos torsos con pechos vigorosos que reposaban sobre sus barrigas. Uno era moreno pero de piel clara, con un vello suave y canoso que cubría gran parte de su cuerpo. El otro, más sonrosado por el pelo rojizo que lo caracterizaba. Sus rostros, sucios y con las barbas crecidas, denotaban cansancio y tristeza.
  
Ante la curiosidad de Cayo, el mercader, que ya temía que tales ejemplares no fueran muy vendibles, les ordenó que se levantaran. No muy altos, sus redondeces atrajeron al patricio quien exigió que se despojaran del taparrabos. Como tenían las manos trabadas, el vendedor cortó las tiras de cuero que sujetaban las prendas y, al caer estas, habiéndose girado para la maniobra, aparecieron dos sólidos traseros que Cayo manoseó no sin cierto deleite al contacto de la suave pelusa que los ornaba. Vueltos de frente, le llamó la atención el contraste entre las pelambres, oscura del uno y rojiza del otro, que enmarcaban sus sexos. Sin recato sopesó los testículos y bajó la piel de los penes no circuncidados. En principio sólo tenía intención de comprar un esclavo y dudaba por cual decidirse. Pero la rebaja del precio que le ofrecían por los dos y, sobre todo, la mirada angustiada que observó en los esclavos, le indujeron a quedarse con la pareja. Hecho el pago, el mercader le aconsejó que, para prevenir una fuga, no les soltara las ataduras al menos hasta que les hubiera ceñido el collar identificador de su condición y pertenencia. Así que el patricio, tras hacerles recoger sus harapos, que por la ligazón de sus manos sólo podían llevar ahora cubriendo sus partes delanteras, les mando que lo siguieran camino a su casa.

Al llegar a la villa los entregó al anciano jefe de los esclavos, que se había de encargar de colocarles los collares de hierro y, sólo después, quitarles la cadena que los unía y liberarles las manos. Entretanto Cayo se había desplazado a los baños y, despojado de la túnica, se introdujo en una tina de agua caliente y perfumada. Pidió que trajeran allí a los nuevos siervos, que aún llevaban sus taparrabos, algo mejor colocados ahora. Reprendió al anciano por no haberlos adecentado mínimamente y le ordenó quemar harapos tan sucios. Quiso quedarse a solas con ellos y por primera vez les habló directamente. La primera condición para servirlo adecuadamente, les dijo, era que, olvidándose de sus costumbres bárbaras, se mantuvieran siempre limpios. Así que quería comprobar personalmente si eran capaces de lavarse como requería la civilización romana. Ayudándose uno a otro habían pues de desprenderse de toda la mugre acumulada en su vida salvaje. Azorados en un principio, se afanaron en rociarse de agua y frotarse entre ellos. El patricio fue sin embargo admirándose de la pericia y delicadeza con que se manejaban. Las fuertes frotaciones se combinaban con casi caricias, lo cual iba excitando al patricio. Y su exaltación creció cuando se ofrecían los culos y se dejaban repasar las rajas. En el momento en que el moreno se puso a lavarle los huevos y la polla al pelirrojo, a Cayo no le escapó la erección que se elevaba entre la pelambre de fuego. El esclavo se sintió avergonzado y trató de disimular girándose y acelerando la limpieza de su compañero. Nervioso ya el patricio, les conminó a concluir y a secarse con unos lienzos. Luego hubieron de ayudar a su amo a salir de la tina y secarlo a su vez. No dejaron entonces de ver la erección que aquel presentaba. Vistieron los tres unas túnicas ligeras, más rica y con cenefas doradas el señor y de tejido basto los esclavos.
Durante la cena, con algunos invitados, no estuvo presente la nueva adquisición. Pero, una vez que los otros esclavos retiraron los restos y limpiaron, Cayo reclamó a la pareja, pues estaba intrigado por su comportamiento refinado y la peculiaridad de su relación. Así que se mostró benevolente con ellos para estimular su confianza y lograr que le contaran sus peripecias vitales. Los dos siervos, a su vez, al  percibir que no eran tratados con crueldad, se mostraron abiertos a desahogarse con su amo. Contaron que no eran guerreros, pero habían sido apresados al invadir los romanos su poblado. Ellos pertenecían a la casta de los druidas, dedicados al cultivo de la medicina y de la astronomía. Eran muy considerados por los lugareños, a causa de las muchas ayudas y remedios que les prestaban. Incluso respetaban la vida en común que llevaban. En cuanto a esto último, confesaron que estaban unidos desde muy jóvenes, no sólo adquiriendo conjuntamente sus conocimientos, sino también por el amor que había ido surgiendo entre ellos. Por eso daban gracias a los dioses porque en la cautividad no hubieran sido separados y más aún porque ahora siguieran juntos tras ser vendidos como esclavos. El relato no dejó de conmover a Cayo, que se congratuló de haber librado a ambos de un destino más brutal.
A la mañana siguiente, Cayo captó algunas risitas y cuchicheos entre los otros esclavos. Interrogado el jefe por el motivo de tanto jolgorio, éste le informó de que era debido al comportamiento nocturno de los nuevos, que habían yacido juntos y abrazados, ajenos a los otros que compartían el dormitorio. Cayo, quien más allá de la excitante contemplación de tan singular adquisición aún no había pensado en qué funciones asignarles, decidió entonces destinarlos a su servicio personal y, como primera medida, que ambos velaran su sueño pernoctando en su propia cámara.

Así pues, durante el día, en cuanto quedaba libre de sus ocupaciones, Cayo disfrutaba con la compañía de los druidas, admirado de sus amplios conocimientos e, incluso, aliviado en más de una ocasión de alguna indigestión o de otros trastornos molestos. Las primeras noches se limitó a recibir sus solícitos cuidados, pendientes como estaban de cualquier necesidad que tuviera. Pero eso sí, en cuanto la cámara se cerraba y todos los demás moradores se habían retirado, pedía a sus acompañantes que se desnudaran completamente, e hicieran con él otro tanto. Le producía un relajante placer esa forma de estar en intimidad y observarlos en sus movimientos siempre sigilosos y armónicos. No obstante tener muy clara la conciencia de que eran sus esclavos y podía disponer de ellos a su antojo, sentía un extraño freno a interferir en la relación tan perfecta que percibía entre ellos. Dejando siempre alguna lámpara encendida, los contemplaba con morbosidad contenida cuando por fin yacían en su lecho y no se abstenían de entregarse a sus efusiones amorosas.

Una noche en que se había retirado con un molesto dolor de cabeza, sus cuidadores se desvivieron para darle alivio. Mientras uno le aplicaba paños empapados de agua fría, otro le masajeaba hábilmente en los hombros y brazos. No sólo halló pronto mejora, sino que los contactos propiciados por la desnudez de los tres lo excitaron hasta tener una fuerte erección. Para su sorpresa, una mano del que le daba masajes se desvió hasta hacérselos en la polla. Casi al instante, el de los paños fríos en la frente se pasó a los pies y fue reptando hacia el miembro que el otro le introdujo en la boca. El placer que experimentó Cayo le hizo atraerlos hacia sí y empezar a besarlos con ansia. Sintió dos pollas duras que golpeaban sus muslos y bajó las manos para asirlas. Los esclavos se retorcían y le cubrían por todas partes de besos y lametones.

Ya liberado de inhibiciones, Cayo se dispuso a disfrutar plenamente de cuerpos tan deseados. Mientras el moreno le iba dando lamidas en los huevos y chupándole la polla, hizo que el pelirrojo se abriera de muslos arrodillado sobre su cara. Así podía saborear todo lo que destacaba entre la maraña ígnea de de su entrepierna. Los siervos, por su parte, no se limitaban a satisfacer a su amo, pues en cada revolcón compartían abrazos y besos ardorosos, sabedores de que la expresión de sus afectos enardecía todavía  más a su señor. Este, en efecto, les pidió que se poseyeran mutuamente sobre su propio cuerpo. Entonces el pelirrojo se colocó cruzado a cuatro patas sobre el vientre de Cayo y fue penetrado con fuertes arremetidas por el moreno. Hubo un cambio de posiciones y este último tomó con la boca la polla del amo, que se fue vaciando con espasmos a medida de las embestidas que el mamador recibía. Cesaron las folladas y los esclavos reconfortaron con caricias y besos al patricio.
Al cabo de un rato Cayo comprobó que las pollas de sus siervos mantenían su plena turgencia y quiso gozar de ellas. Con un almohadón bajo el vientre su culo quedó bien expuesto. Los esclavos, temerosos de causarle daño, aplicaron un ungüento por la raja y distendieron con los dedos el agujero. Cayo, ansioso, les pidió que le follaran ya y que no pararan hasta que uno y otro se hubiera corrido en sus entrañas. Le entró primero la polla gruesa del pelirrojo que expandió ardor por todo su interior y le hacía gritar de placer. Llegó al paroxismo cuando la calidez se volvió viscosa por el abundante semen vertido. Insaciable clamó por el relevo inmediato y la polla más larga y rugosa del moreno lo penetró con fuerza. Le frotaba y raspaba por dentro con ritmo rápido, hasta que un potente chorro de leche inundó  de nuevo su cavidad. Con solicitud, los esclavos lamieron el goteante culo y ayudaron al amo exhausto a acomodarse en el lecho.

El grato maridaje a tres se prolongó durante varias horas nocturnas. Al despertarse Cayo vislumbró su miembro erecto, que tampoco había escapado a la observación de los esclavos. Estos, obsequiosos, presentaron entonces sus culos alzados por si el amo quisiera aliviarse con ellos. Cayo, perezosamente, se deslizó primero por el lecho y se puso a juguetear con la lengua por las espléndidas rajas y los huevos colgantes. Se avivó su deseo y se dispuso a gozar de tan tentadoras ofertas. Con delectación buscó con la polla uno de los agujeros y probó su textura. Pasó al otro y notó mayor apretura. Bombeó en éste y, cuando la fricción  le hizo subir el ardor, cambió de recipiente y se vació en él. Se consagró a partir de ese momento un peculiar hermanamiento en el que amo y esclavos se complacían entre ellos.
Desde esa noche el lecho de los siervos quedó en desuso, siendo siempre compartido el del amo, bien para un sueño relajado y feliz, bien para revolcones cargados de lujuria.

Entretanto el status de los esclavos fue subiendo de nivel, llegando a participar en las concurridas cenas con amigos, ataviados con blancas túnicas de druidas. Tales cenas llegaron a adquirir notoriedad, por el interés que la sabiduría y el ingenio de los druidas despertaba en los asistentes. No tardaron en obtener la manumisión y quedar liberados del collar infamante. No obstante, en su condición de libertos, y pese a que no dejaban de añorar sus bosques y montañas, permanecieron en armoniosa convivencia con su antiguo amo y prosiguieron cultivando y ampliando sus conocimientos y artes.

3 comentarios:

  1. Muy bueno. Ya hubiera querido ser esclavo en la época Romana y que me hubiera pasado lo mismo que a estos dos.

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  2. Muy buen relato..Aun que una vez mas encuentro a faltar, la edad de los protagonistas...Vaya mania..En fin, que le vamos a hacer.....Y muy bueno se ve este Pakoso...Esta para trincarle

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